Yo soy… 2013-07-12T21:47:40+00:00

Te ayudo a mejorar tu relación con la comida. (2)

Lo que vas a leer a continuación es mi historia, empecé a contarla en julio de 2013. En 2015 superé por completo y sin ayuda mi trastorno por atracón y ahora ayudo a otras personas a mejorar su vida y sus problemas con la alimentación mediante procesos de coaching, presenciales o por Skype en www.yolandacambra.com. Lo que leerás a continuación, es mi historia escrita desde 2013 y tienes un resumen del proceso en mi blog y e día a día en mi página de Facebook o en mi cuenta de Instagram.
¡Ánimo, que de esta se sale, te lo aseguro!

Me llamo Yolanda, vivo en Zaragoza (España), tengo 44 años y soy comedora compulsiva. Estoy gorda. Siempre lo he estado. Y me gusta usar el término sin paliativos. No veo por qué he de decir rellenita, regordeta, entrada en carnes, o utilizar otros eufemismos. No hay palabra ofensiva si no se usa en un tono despectivo. Así pues, yo estoy gorda y no gordita, al igual que a los negros no les llamo negritos. Ellos me llaman blanca y yo no me molesto. Si me llamasen blanquita me sentiría como la cabra de Heidi.

He estado más gorda que ahora y también menos. Hace tres años seguí una dieta de proteínas, respaldada por médico, y bajé 45 kilos en 9 meses. Pasé de 108 a 63 kilos… increíble! No sé de dónde saqué la fuerza de voluntad para hacerlo. Ahora, analizando, comencé la dieta justo antes de mi divorcio, trámite liberador en mi caso, que me devolvió el control sobre mi vida. Me sentía libre y fuerte, podía con todo, hasta con una dieta de lechuga y batidos de proteínas, así estuve más de 4 meses, sin comer fruta, ni carne, ni pescado, ni huevos, ni lácteos… sólo lechuga y batidos de farmacia. El primer día que comí un filete de solomillo casi tengo un orgasmo! El lunes pasado pesaba 84.3 kilos. Mi peso más alto desde que acabé la dieta.

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Soy comedora compulsiva desde que alcanzo a recordar. Uno de los pocos recuerdos de mi infancia es sisarle a mi madre dinero cuando me mandaba a comprar, para pagarme una palmera de chocolate y engullirla a toda prisa en el ascensor mientras regresaba a casa. Rondaría los doce años.

A mí y a mis hermanas nos educaron para no dejar nada en el plato. Y con 44 años sigo haciéndolo. Me di cuenta de lo perjudicial que esto era un día comiendo en casa de mi hermana. Pedí que me sirviese dos trozos de pollo, pero sólo pude comerme uno porque había comido mucho de primeros platos y quería reservarme para el postre. Y, sobre todo, porque los comedores compulsivos cuidamos las formas y nos moderamos mucho en público. Incapaz de tirar aquel trozo de pollo, le pedí a mi hermana que me lo envolviese en papel de aluminio para llevármelo a mi casa. Ella me dijo “¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?”

He pasado toda mi vida haciendo dietas que no han servido de nada. Como yo suelo decir “Me paso quince días de mi vida a dieta y otros quince recuperando todo lo que he perdido” Y así es. Paso semanas con extenuantes dietas de proteínas y otras de ingesta compulsiva. Cuando alguien me ofrece algún alimento y lo rechazo alegando que estoy a dieta, supongo que deben de pensar que soy imbécil “Esta mujer siempre está a dieta y siempre está igual de gorda”. Subo y bajo sin parar. Horrible. El estrés al que someto al cuerpo es tan grande que, en varias ocasiones, un atracón ha hecho que se me adelantase la regla muchos días.

Yo odio cocinar, al igual que el resto de tareas de la casa. Practico dos tipos de ingesta compulsiva (Dios, lo digo como si hiciese tenis y equitación). Para ninguno de los dos cocino. Siempre tomo alimentos que no necesiten preparación:

1) El “No parar”: Si estoy en casa, no paro de comer desde que me levanto hasta que me acuesto. Mezclo dulce con salado, es un picoteo continuo. Nunca llego a sentir hambre porque no doy lugar, como antes de que aparezca. Es más, siento malestar, pero sigo comiendo. La sensación de empacho por haber comido mucho dulce se pasa comiendo algo salado.

Cuando hago esto, no suelo comerlo en la cocina, sino que es un ir y venir sin parar desde la cocina hasta donde esté, en el ordenador, o en el cuarto doblando ropa, corrigiendo los deberes de los niños… A veces me lleno bien la boca para evitar viajes. Pero, en cuanto la vacío, no me da pereza volver.

2) El atracón: Normalmente sucede en periodo de dieta, donde llevo mucho tiempo privándome de hidratos de carbono. Los hidratos son la principal fuente de energía del cuerpo, por lo que nuestro organismo los demanda cuando no los recibe. Y esa necesidad es real, como la de la nicotina o el alcohol.

Los comedores compulsivos sabemos que existen “alimentos detonadores” que son diferentes para cada persona y que hay que evitar porque, una vez que los pruebas, van seguidos de una pérdida de control absoluta, del mismo modo que un alcohólico no puede dejar a medias una jarra de cerveza, ni un fumador dar sólo unas caladas a un cigarro.

Mis alimentos detonadores son la bollería y la leche. Me sirvo un vaso de leche fría, con cacao soluble y aspartamo (sigo a dieta, jajaja) y me lo bebo de un trago. Y tengo la sensación de no haber bebido en tres días y necesitar más. E, inmediatamente, me sirvo otro vaso. Y, ahora sí, empiezo a mojar lo que tenga por casa: galletas, bizcochos, magdalenas, sobaos… He llegado a beber varios vasos seguidos de leche con paquetes enteros de galletas rellenas de chocolate tipo Príncipe. Si las galletas no son dobles, junto dos y las mojo a la vez, para comer más rápido.

Me sorprendo a mí misma comiendo cosas que ni me gustan, como galletas Oreo, pan de leche, o cookies. La cuestión es meter algo dulce a la boca.

Otra cosa que he observado es que mis atracones siempre son de pie. Me pongo en la encimera de la cocina, sin sentarme, de principio a fin.

En ambos casos, la sensación de pérdida de control es devastadora. Cuando estoy a dieta, intento calmar la ansiedad comiendo más cantidad de los alimentos permitidos. Pero es inútil. Si tengo mucha ansiedad no pasarán más de dos días sin que me haya lanzado a por los dulces. Empiezo partiendo media galleta. Dejo media en el paquete, y cierro la puerta del armario con satisfacción, mientras mordisqueo la otra media envuelta en una falsa sensación de autocontrol. ¿Cuánto podré aguantar para volver a por la otra mitad? ¿Cinco minutos… diez en el mejor de los casos y haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad? A esa galleta le seguirá irremediablemente otra, y otra, y otra… hasta terminar el paquete. Y puedo dar gracias si consigo detenerme ahí, que no es lo habitual.

Entras en una espiral de la que no puedes salir. Eres el hamster dentro de su rueda. La comida dispara tu sentimiento de culpa y angustia. Y esto, a su vez, te lleva a seguir comiendo. Te sientes como una marioneta y alguien maneja tus hilos. Ya no eres tú.

Lo peor de todo es que, según vas comiendo, te das cuenta de que nada ha cambiado. Tu ansiedad no ha disminuido. No hay satisfacción, sino al contrario. No has disfrutado de nada de lo que has comido.

Utilizo los dulces como compensación y premio. Me compro dulces para ir afrontando un largo y día duro de trabajo, después de finalizarlo, para “animarme”… Jamás compro chuches, curiosamente no me gustan. Lo mío es la bollería. Suelo comprar bandejas de napolitanas de chocolate. Vienen tres y pienso “Una para mí y las otras dos para los niños” Te puedes imaginar que no solo no llega ninguna a casa, sino que caen las tres del tirón, una detrás de otra. A la pérdida de control, súmale el sentirte la peor madre del mundo por comerte algo que has comprado para tus hijos.

Ellos ya lo saben “Mamá, cuando te enfadas con nosotros, te vas a la cocina”. Ellos ya me han visto invitarlos a comer de kebab y aguantar estoicamente con mi CocaCola zero sin probar bocado porque estoy a dieta, y llegar a casa y meterme tres vasos de leche fría con galletas.

Puedes pensar que sería más fácil evitando tener en casa estos alimentos. Cierto. Pero tengo dos hijos preadolescentes sin ningún problema alimenticio y he de comprar estas cosas para ellos. Los dulces que más me provocan ya he dejado de comprarlos. Algunos eran los preferidos de mis hijos, pero les he explicado que si están en casa no puedo controlarme. Y lo han entendido. Como estoy divorciada, siempre tienen la posibilidad de tomar estas cosas en casa de su padre.

Hay comedores compulsivos que después vomitan, son las bulímicas que todos conocemos, pero otros no lo hacemos (yo no lo consigo, no es por falta de ganas) y todas estas calorías se transforman en un aumento desorbitado de peso.

Hay algo que hago siempre mal, aún cuando como bien. Y es que casi nunca me siento a la mesa para comer. Normalmente, meto un bocado a la boca y me voy a doblar una camiseta, meto otro y doy vuelta a lo del microondas, meto otro y enciendo el ordenador… Al final, parece que mi cuerpo no se entera ni de cuanto ni de qué come realmente.

Una de mis comidas bien hechas cuando estoy a dieta es una bola de mozarella light y un paquete de cuatro lonchas de jamón de york. Lo normal es que, sin sentarme, escurra la mozarella y la pinche con un tenedor y la vaya comiendo a mordiscos, en plan troglodita, alternándola con el york. Los días que me siento chef de nouvelle cuisine, troceo la mozarella y la meto en las lonchas de york formando rollitos que como con la mano y directamente del paquete, naturalmente.

El otro día, mi pareja me obligó a comerme los rollitos en plato, con cubiertos y sentada. ¡Toda una experiencia!

Me ha llevado años conocer que la ingesta compulsiva de alimentos no es glotonería ni gula, sino un trastorno alimenticio, una psicopatología y, por lo tanto, una enfermedad. Por fin he entendido que he de hacer un gran trabajo interno, sin el cual ninguna dieta me va a dar resultados.

“No soy culpable de mi adicción, pero sí responsable de mi recuperación”.

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