Mi reto en blanco y negro (foto 3/5)

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Y ahí estaba yo con 28 años, convencida de que existían el amor de verdad y los príncipes azules. Y no digo yo que no existan, solo que en mi cuento no aparecen. Y eso me ha entristecido durante muchos años, pero he aprendido que no se puede tener todo y que yo poseo otras cosas de valor equiparable.
Por aquel entonces creía en los sueños. Y sigo creyendo, pero en los que dependen solo de mí para cumplirse.
“Por favor, no lo digamos de corridillo, sintamos de corazón cada palabra que nos decimos” le había pedido yo a mi novio para el momento de pronunciar los votos. Puse tanta emoción al pronunciar los míos que rompí a llorar con un nudo en la garganta, parando la ceremonia.
Así de enamorada estaba. Así amaba a aquel hombre. Pero el amor se acaba. Se muere (lo matamos) de tristeza y de desánimo, de esperas interminables, de rutina, de ilusiones ahogadas, de rendiciones, de egoísmo, de comodidad, de silencios.
Se muere porque dejamos de creer en él, como las hadas del País de Nunca Jamás.

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